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Relatos de Belén: La Cruz Milagro, una verdadera fiesta en comunidad

Actualizado: may 12


Mayo es, oficialmente, el mes de la Santa Cruz. Su día es el 3 de mayo en el calendario occidental pues, según la tradición romana, coincide con el momento en que Santa Elena encontró la verdadera cruz de Jesucristo en su camino a Jerusalén. En esta fecha se celebra la fiesta de las cruces, originaria del viejo continente, que está sustentada en antiguas tradiciones que anteceden el nacimiento del cristianismo, como la veneración del árbol de mayo, que era símbolo de amor, fertilidad y el florecimiento de la vegetación en plena primavera europea.


La cruz es, sin duda alguna, un ícono universal, reconocido en todo el mundo como una representación de la fe y devoción cristiana. No es azar, por lo tanto, que haya sido el principal estandarte de los conquistadores y sacerdotes que arribaron a América a fines del siglo XV. Con la intención de evangelizar a la población nativa, extirpar sus idolatrías y reemplazarlas por la adoración a Jesús y la Virgen, la cruz fue extendida en todos los rincones del continente, adoptando distintas formas y materialidades en cada lugar. Y en cada lugar, la cruz se fue empapando de las cosmovisiones locales de cada pueblo.


En el mundo andino, la cruz tiene su par en la Chakana, representada como una figura escalonada, ampliamente utilizada en la producción artística precolombina. Tiene un significado muy profundo, pues es interpretado como un puente que une dos mundos. Está estrechamente relacionada el ciclo agrícola, de la misma manera que la Cruz de Mayo, que cuida atentamente los cultivos de los pueblos de los valles cordilleranos. La Santa Cruz andina está enriquecida por una fuerte raíz local, y gracias a ella permanece viva hasta nuestros días. Hoy, la podemos encontrar en las cumbres de los cerros tutelares, protectores las comunidades:


“En el pueblo de Belén hay diferentes cruces en diferentes lugares; algunas son familiares y algunas son de todo el pueblo. Está la Cruz de Corpus Christi, que celebro personalmente como la mayordoma grande, la Cruz del Medio, la Cruz de Tablatablane, la Cruz Colorada y la Cruz de Chapicollo. La más importante, sin embargo, es la Cruz del Milagro, que se encuentra en un cerro con una vista privilegiada del pueblo y sus chacras. En otros tiempos del año, muchos turistas suben para ver la cruz, pero también para aprovechar la vista panorámica que desde allí se aprecia”, indica Doris Condori, mayordoma mayor del templo de Santiago Apóstol.


“Para nosotros los católicos, la Cruz es importante porque es donde murió el señor Jesús. Entonces ella representa la imagen de nuestro Señor y ella nos protege desde las alturas de las malas vibras y malos espíritus, mirando atenta a los males que nos pueden venir. Como ahora tenemos esta enfermedad de la pandemia, mucha gente se encomienda a la cruz y a los santos, para que nos proteja, pero la cruz es el máximo símbolo. Así es la tradición”, describe más en detalle Víctor Mollo, habitante del pueblo y maestro de la restauración del templo.


La celebración de la Cruz del Milagro es la que inaugura la temporada de cruces en Belén, que se extiende hasta el mes de junio. Cada año, la cruz renueva su atuendo. Además del pasante, que se hace cargo de la organización de la fiesta y sus pormenores, una persona de la comunidad se compromete a confeccionar el vestuario de la cruz, que suele consistir en una túnica o velo, una corbata, cintas de colores y un elegante arreglo de flores. De esta manera lo explica Víctor Mollo:


“Antes de volverla a subir al calvario y festejarla como se debe, hay que vestirla. Se retiran todas las alhajas que se le colocaron el año anterior y quedan en desuso; se botan o a veces se queman. […] La cruz es como un ser humano: cuando uno está muchos días con la misma ropa, se la cambia. Lo mismo con la cruz, si no se viste es como abandonarla y es importante no abandonar esa tradición, porque es una herencia.”


La cruz se festeja con una víspera. El pasante de la fiesta es el encargado de extender las debidas invitaciones a todas las personas del pueblo y a otros amigos y familiares. “Es una fiesta de compartir: el pasante envía invitaciones bien presentadas a todos a quienes va a invitar, pero siempre llega más gente. A todos se les atiende por igual, sin importar de dónde venga”, expresa Víctor Mollo.


“De la misma manera, a mí me ha tocado estar presente en la fiesta de la Cruz de Lupica, que siempre es el 3 de mayo, sin importar qué día de la semana caiga, porque esa es la tradición de ese pueblo. Siempre trato de ir con mi familia a todas las festividades a las que nos invitan. Hemos ido a celebrar fiestas a Saxámar, a Ticnámar, a Putre, a Socoroma, a Parinacota… Es bonito compartir junto a la gente de otros pueblos también, porque todos compartimos las mismas costumbres”, agrega Doris Condori.


Esa noche se lleva la cruz en el templo y se bendice con su pawa y challa como siempre, cantando, bailando y ofreciendo licores finos como ofrenda. No falta el vino navegado para pasar la noche fría, y luego de compartir hasta bien entrada la madrugada, la gente se va a sus casas a descansar, dejando algunas velas encendidas alrededor de la Cruz para que esté iluminada.


Temprano al día siguiente se espera el alba en la casa del alférez donde la Cruz es velada. El pasante ofrece a todos los asistentes un desayuno contundente: una calapurca reponedora con unas sopaipillas y un café. La banda llega luego con su saludo de buenos días y, más tarde, se celebra una misa en el templo.


A eso de las 2 o 3 de la tarde, se prepara la caravana para subir al calvario y despedir a la Cruz hasta el próximo año. Es un camino sacrificado, pues el sendero que hay que seguir es empinado y está un poco borrado por las lluvias del verano. La banda se queda a mitad de camino, los instrumentos son pesados y es fácil tropezar si no se tiene la mirada bien puesta en el andar. La música continúa, sin embargo, a cargo del Beto y su hermano Chemo, guitarreros incansables que acompañan con sus acordes durante toda la festividad.



Arriba en el calvario, se hace una pawa con su ofrecimiento de licores para challar la Cruz e instalarla nuevamente en su altar. Luego de aquello, se hace un llamado a viva voz para recibir el cargo de alférez. Otros acompañantes se ofrecen voluntariamente para apoyar con un cordero, o con un saco de choclos, o de papas, algunos licores, cervezas, velas y el vestuario que algunos ofrecen de devoción para el próximo año.


La jornada finaliza con una guatia en la mayordomía del pueblo, preparada especialmente por un equipo de cocineros designados por el pasante. Cuando los peregrinos bajan, los platos ya están servidos en el lugar. Con un gran brindis, se reconoce alegremente al alférez por su esfuerzo, a las autoridades locales por su compromiso con el pueblo y al pasante que recibe y asegura la renovación de la festividad por año más. Después del almuerzo, se corren las mesas y se inicia el baile, primero con las autoridades del pueblo y los pasantes, y después con toda la comunidad. La música depende del cariño del alférez: a veces hay una banda, o una orquesta, y a veces hay música envasada, pero se pasa bien de igual manera.


“Antes se hacía la guatia allá arriba, pero era porque había otro camino en que podía subir el animal con las cosas cargadas, porque es complicado subir derecho por donde uno va a pie. Pero realmente antes la gente lo hacía porque tenía la determinación de hacerlo, estaba más acostumbrada a esa vida más sacrificada, pero ahora buscamos la comodidad a como dé lugar, ya no hay tanto sacrificio. Los antiguos tenían ese tesón” recuerda Alicia Zegarra, beleneña y aprendiz de restauradora.


La Cruz del Milagro tuvo algunos días más opacos en el pasado, pero desde hace unos 10 años, aproximadamente, se ha retomado el espíritu comunitario que siempre ha caracterizado a esta festividad. Los hermanos de doña Alicia, Abel y Antonio, han sido protagonistas en este reciente cambio: “Mi hermano dijo un día: ‘yo me voy a hacer cargo de la fiesta por tres años’ y por tres años la celebró. Siempre se baja el dos de mayo y durante el mes se elige una semana que acomode a las familias. Este año, por ejemplo, le tocaba al Chemito. La cruz se va a vestir de igual manera, aunque sin la celebración que acostumbramos por las circunstancias que estamos viviendo. Mi hermano dice ‘si hay un año que no hay pasante, lo retomaré yo, porque no quiero que muera’. Esa es nuestra devoción y compromiso.”


Alicia Zegarra destaca que: “para nuestra familia es muy importante, especialmente para mi hermano. Siempre está apoyando en algo, en lo que sea, para que no se pierda esta tradición” y agrega que “hay gente que dice que no se puede poner, pero todos los aportes suman, y si podemos ayudar a que la carga sea más liviana, que así sea. Así la gente también se entusiasma.”


“Para que esto siga y nunca se pierda, es una obligación de los padres enseñar a sus hijos y encantarlos de estas tradiciones, que son costumbres de nuestro pueblo. Hay que llevarlos desde niños, para que vivan ellos mismos las experiencias que a nosotros nos enseñaron. Es la única manera de que los jóvenes comiencen a tomar los cargos a futuro y renueven las energías de nuestra comunidad.”, añade Doris Condori.


A pesar de sus orígenes en otras tierras más lejanas, la celebración de las cruces de mayo en Belén tiene su expresión propia, constituyéndose como un tesoro que la comunidad, con mucho cariño, se encarga de mantener.


Agradecemos los aportes de Doris Condori, Alicia Zegarra, Antonio Zegarra y Víctor Mollo en la elaboración de esta reseña.



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